Los Utensilios.
Ofelia vuelve a su oscuridad al terminar su trabajo. Toma el colectivo en la esquina de siempre, con la noche por detrás y por delante, y luego de 20 minutos y unas hojas con Marguerite, baja en la puerta de su casa, amabilidad del chofer que nunca es apreciada por ella. Inserta la llave en la cerradura, tira hacia delante y luego hacia atrás, e ingresa en su refugio. Esta rutina no la abandona nunca, aunque a veces lo ha intentado, pero se siente tan en casa… tan a gusto. Se prepara la sopa, la de invierno, de zapallo, siempre. A las nueve, al llegar, siempre. La misma taza, la enjuaga, la seca con el repasador que no deja pelusas, abre el cajón, saca la cuchara labrada, la mira, la limpia, la apoya al lado de la taza. Espera que hierva el agua, calienta la taza con el agua primero, luego la tira, y pone el sobre con la sopa. Agrega agua y revuelve con paciencia, como si el universo estuviera ahí, girando. Siente el aroma dulzón del zapallo, sonríe inexplicablemente y toma el primer sorbo, lo saborea, lo palpa con su lengua, lo goza en su garganta, y lo siente caer en su estómago. Se relame, limpia sus labios con la lengua, se sienta en el piso, en los almohadones, y se acurruca con la taza entre sus manos.
Ofelia vuelve a su oscuridad al terminar su trabajo. Toma el colectivo en la esquina de siempre, con la noche por detrás y por delante, y luego de 20 minutos y unas hojas con Marguerite, baja en la puerta de su casa, amabilidad del chofer que nunca es apreciada por ella. Inserta la llave en la cerradura, tira hacia delante y luego hacia atrás, e ingresa en su refugio. Esta rutina no la abandona nunca, aunque a veces lo ha intentado, pero se siente tan en casa… tan a gusto. Se prepara la sopa, la de invierno, de zapallo, siempre. A las nueve, al llegar, siempre. La misma taza, la enjuaga, la seca con el repasador que no deja pelusas, abre el cajón, saca la cuchara labrada, la mira, la limpia, la apoya al lado de la taza. Espera que hierva el agua, calienta la taza con el agua primero, luego la tira, y pone el sobre con la sopa. Agrega agua y revuelve con paciencia, como si el universo estuviera ahí, girando. Siente el aroma dulzón del zapallo, sonríe inexplicablemente y toma el primer sorbo, lo saborea, lo palpa con su lengua, lo goza en su garganta, y lo siente caer en su estómago. Se relame, limpia sus labios con la lengua, se sienta en el piso, en los almohadones, y se acurruca con la taza entre sus manos.
Fragmento de Ausencia de té.
3 comentarios:
Excelente, Karen. A quién se lo robaste? Si es de la novela escribila ya. Si Sudamericana o Planeta no te llaman yo te la edito en la colección Nueva narrativa (Barricada).
Efectivamente, es parte de la novela. Y si Barricada se anima....
K.
Acá hay un blog que deberías visitar. Ves que yo siempre ando pensando en vos. Y vos no me querés! Mala!
http://www.radical-imagination.net/
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