Càrcel.
La boca oprimida la delata, ya no sabe còmo contenerlo.
Se le escapa, se le sale por los poros, esto que tanto la condena.
Cuelga de un pèndulo, que sòlo sabe esperar.
Una verdad y mil mentiras, o mil verdades, y la mentira, tàn solo una, y suficiente, que espìa a quien quiera espiar.
Hùmeda la recorro, vacìa, ya no sè què hacer, que màs hacer. Ya no espero, ya no quiero, ya no duele, este vacìo. Està tan vacìo, que ya no lacera, ni deja marcas.
octubre 25, 2006
octubre 13, 2006
Abismos a medida.
Desorbitada vomita maldiciones, cree conocer lo que nadie aùn conoce de mì, y me juzga tan terriblemente, que me quedo sin voz y sin miradas.
Se encierra en un cuarto blanco demasiado cuadrado, demasiado cuarto, demasiado blanco, demasiado. Sin puertas, sin ventanas, sin aires, ansiando una libertad que ya cree poseer. Se envuelve en poemas y prosas intrincadas, sòlo para ella, sòlo de ella.
Y ya no quiero nada, ya no quiero comprender, ya no puedo comprender. La leo y se destruye, la miro y se sofoca, la palpo y se transmuta. Ese cristal que nos separa, es tan oscuro… nos creamos un abismo a medida, desde distintos extremos, y nos calzan perfecto.
Desorbitada vomita maldiciones, cree conocer lo que nadie aùn conoce de mì, y me juzga tan terriblemente, que me quedo sin voz y sin miradas.
Se encierra en un cuarto blanco demasiado cuadrado, demasiado cuarto, demasiado blanco, demasiado. Sin puertas, sin ventanas, sin aires, ansiando una libertad que ya cree poseer. Se envuelve en poemas y prosas intrincadas, sòlo para ella, sòlo de ella.
Y ya no quiero nada, ya no quiero comprender, ya no puedo comprender. La leo y se destruye, la miro y se sofoca, la palpo y se transmuta. Ese cristal que nos separa, es tan oscuro… nos creamos un abismo a medida, desde distintos extremos, y nos calzan perfecto.
mayo 31, 2006
Un nudo en el estómago.
Tengo algo acá… me dice Ali. Daba vueltas, iba, venía, se volvía a ir, la escalera quedó con un surco incontenible, desbordante. Ya sé lo que era… me dice. Tristeza. Y se va, a mitigarla, a buscarle cauce, o a qué se yo qué. Después llama, y su cúmulo cobra otro sentido, regresión, el paso del tiempo, la salud, desaparecidos, un choque, alguien que no se preocupa ni de sí mismo, y mucho menos de los demás, una historia, muchas historias, demasiadas en un solo día.
Tengo algo acá… me dice Ali. Daba vueltas, iba, venía, se volvía a ir, la escalera quedó con un surco incontenible, desbordante. Ya sé lo que era… me dice. Tristeza. Y se va, a mitigarla, a buscarle cauce, o a qué se yo qué. Después llama, y su cúmulo cobra otro sentido, regresión, el paso del tiempo, la salud, desaparecidos, un choque, alguien que no se preocupa ni de sí mismo, y mucho menos de los demás, una historia, muchas historias, demasiadas en un solo día.
Y me acordé de la reunión con Norma y de la última frase que leí de Susan Sontag: a veces nos instalamos en el terror no para sentir más dolor, sino para dejar de sentirlo definitivamente. Algo así era, o era ese “algo así” lo que a mí me hacía falta. Esa respuesta a mis últimas elecciones de escritura.
abril 18, 2006
Los Utensilios.
Ofelia vuelve a su oscuridad al terminar su trabajo. Toma el colectivo en la esquina de siempre, con la noche por detrás y por delante, y luego de 20 minutos y unas hojas con Marguerite, baja en la puerta de su casa, amabilidad del chofer que nunca es apreciada por ella. Inserta la llave en la cerradura, tira hacia delante y luego hacia atrás, e ingresa en su refugio. Esta rutina no la abandona nunca, aunque a veces lo ha intentado, pero se siente tan en casa… tan a gusto. Se prepara la sopa, la de invierno, de zapallo, siempre. A las nueve, al llegar, siempre. La misma taza, la enjuaga, la seca con el repasador que no deja pelusas, abre el cajón, saca la cuchara labrada, la mira, la limpia, la apoya al lado de la taza. Espera que hierva el agua, calienta la taza con el agua primero, luego la tira, y pone el sobre con la sopa. Agrega agua y revuelve con paciencia, como si el universo estuviera ahí, girando. Siente el aroma dulzón del zapallo, sonríe inexplicablemente y toma el primer sorbo, lo saborea, lo palpa con su lengua, lo goza en su garganta, y lo siente caer en su estómago. Se relame, limpia sus labios con la lengua, se sienta en el piso, en los almohadones, y se acurruca con la taza entre sus manos.
Ofelia vuelve a su oscuridad al terminar su trabajo. Toma el colectivo en la esquina de siempre, con la noche por detrás y por delante, y luego de 20 minutos y unas hojas con Marguerite, baja en la puerta de su casa, amabilidad del chofer que nunca es apreciada por ella. Inserta la llave en la cerradura, tira hacia delante y luego hacia atrás, e ingresa en su refugio. Esta rutina no la abandona nunca, aunque a veces lo ha intentado, pero se siente tan en casa… tan a gusto. Se prepara la sopa, la de invierno, de zapallo, siempre. A las nueve, al llegar, siempre. La misma taza, la enjuaga, la seca con el repasador que no deja pelusas, abre el cajón, saca la cuchara labrada, la mira, la limpia, la apoya al lado de la taza. Espera que hierva el agua, calienta la taza con el agua primero, luego la tira, y pone el sobre con la sopa. Agrega agua y revuelve con paciencia, como si el universo estuviera ahí, girando. Siente el aroma dulzón del zapallo, sonríe inexplicablemente y toma el primer sorbo, lo saborea, lo palpa con su lengua, lo goza en su garganta, y lo siente caer en su estómago. Se relame, limpia sus labios con la lengua, se sienta en el piso, en los almohadones, y se acurruca con la taza entre sus manos.
Fragmento de Ausencia de té.
enero 12, 2006
Torres del horror (y de papel).
Ya casi está llegando al límite permitido, sí. Ayer, intentando devolver a su lugar en la pila el libro de Sontag, descubrí una leve, o no tan leve, inclinación de la torre (al mejor estilo Pisa) hacia un costado, pidiendo a gritos ser alivianada. La mesita azul ya no tolera (y dicho sea de paso, tampoco Guillermo), lo que yo considero, una forma ordenada de acumular libros. Pero es que no puedo, no puedo de a uno a la vez. Aunque nadie lo crea, los voy leyendo todos, absolutamente todos, de a ratos, de a trozos, desmembrados, bifurcados, pero en un punto de mi cabeza todos se conectan. El único desconectado de la torre del horror es Justine de Sade (aunque ahora que lo pienso mejor no está tan descolgado). Respeto al menos una temática que no me abandona, y que, ahora ya lo sé con certeza, no respondió a un mero momento de crisis personal.
Sé que este blog tuvo un comienzo un poco álgido, con una escritura enojada, puchereada, pero…está bien, está bien que eso se manifieste también, o no estaría reconociéndolo ahora.
Las fotos de los campos sirven de cimientos al resto de la torre, que por suerte tambalea. Será que ya no se sostiene tanto desgarro. Será que es tiempo de separarlos y dar-les, dar-me, un respiro.
Ya casi está llegando al límite permitido, sí. Ayer, intentando devolver a su lugar en la pila el libro de Sontag, descubrí una leve, o no tan leve, inclinación de la torre (al mejor estilo Pisa) hacia un costado, pidiendo a gritos ser alivianada. La mesita azul ya no tolera (y dicho sea de paso, tampoco Guillermo), lo que yo considero, una forma ordenada de acumular libros. Pero es que no puedo, no puedo de a uno a la vez. Aunque nadie lo crea, los voy leyendo todos, absolutamente todos, de a ratos, de a trozos, desmembrados, bifurcados, pero en un punto de mi cabeza todos se conectan. El único desconectado de la torre del horror es Justine de Sade (aunque ahora que lo pienso mejor no está tan descolgado). Respeto al menos una temática que no me abandona, y que, ahora ya lo sé con certeza, no respondió a un mero momento de crisis personal.
Sé que este blog tuvo un comienzo un poco álgido, con una escritura enojada, puchereada, pero…está bien, está bien que eso se manifieste también, o no estaría reconociéndolo ahora.
Las fotos de los campos sirven de cimientos al resto de la torre, que por suerte tambalea. Será que ya no se sostiene tanto desgarro. Será que es tiempo de separarlos y dar-les, dar-me, un respiro.
enero 10, 2006
Punto blanco.
Paula me confesó hoy que tiene dos cuadernos llenos de ideas. Me confesó que siente que ya hizo todo lo que allí está escrito, pero aún no lo llevó a la práctica. Quizàs no sea aún el momento, me dice.
El problema no es que me sienta mal, es que no quiero que se trabaje mal…
Punto blanco es ese punto en el cual el abismo se instala. Vestidos lánguidos, pàlidos, un concepto tan luminoso, que paraliza todos los sentidos. Un hanami que no ví, pero que siento que ya ví, a la distancia. El concepto del amor en una cama que engulle, repele, y atrae. La violencia de los cuerpos que se buscan, se lastiman, y se agobian de sudor. Instantáneas que nadie se llevó dentro de una cámara, pero que se han convertido en memoria. Algo, Paula, que debería continuar, claro está, cuando tu lapicera escriba el punto final (o punto y coma?) en tu tercer cuaderno…blanco.
Paula me confesó hoy que tiene dos cuadernos llenos de ideas. Me confesó que siente que ya hizo todo lo que allí está escrito, pero aún no lo llevó a la práctica. Quizàs no sea aún el momento, me dice.
El problema no es que me sienta mal, es que no quiero que se trabaje mal…
Punto blanco es ese punto en el cual el abismo se instala. Vestidos lánguidos, pàlidos, un concepto tan luminoso, que paraliza todos los sentidos. Un hanami que no ví, pero que siento que ya ví, a la distancia. El concepto del amor en una cama que engulle, repele, y atrae. La violencia de los cuerpos que se buscan, se lastiman, y se agobian de sudor. Instantáneas que nadie se llevó dentro de una cámara, pero que se han convertido en memoria. Algo, Paula, que debería continuar, claro está, cuando tu lapicera escriba el punto final (o punto y coma?) en tu tercer cuaderno…blanco.
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