La casa de la fantasía.
Fragmento de "Ausencia de Té", novela primogénita.
Allí donde se diluye la percepción. Allí donde el tiempo toma otros matices, acuáticos, suaves, algodonados. Instauro mi hogar, allí. Esa irrealidad que nunca termina de llegar, que siempre me confunde, ese balbuceo en el que cae mi mirada cuando me pierdo en mi casa. Me toma tiempo instalarme, ya todo está casi en su lugar, pero yo no estoy, ni en mi lugar, ni en el de los otros. Casi por llegar siempre, pero detenida en un adiós. Tantos objetos descontextualizados me arrojan ojos húmedos, situación ya inmanejable. Ofelia está inquebrantable en la silla, la mirada puesta en el ficus que no quiere un nuevo hogar, y las hojas se rebelan, en el piso. El agua no alcanza para barrer. La nueva maceta hasta cambió de color, y no encuentra la camperita marrón que combina con la pollera.
Sale apurada al trabajo, el libro de Ana Kazumi en el bolso, para leer en el colectivo, casi tres páginas por viaje, todo calculado. Mariano sonriente en el mostrador, acomodando los pedidos que no paran de salir. El olor a frito ya no se siente, pasados cinco minutos deja de percibirse y perfuma la rutina de repulgues diarios.
-Buen día…dormimos juntos che?- le arroja pacífico, esperanzado siempre en que Ofelia un día despierte de ese letargo invernal y se digne a devolverle un gesto, sólo uno, de todos los que él le brinda siempre.
-Buen día Mariano- le responde oscura, monótona, automática. Corre al baño, se cambia, sale de blanco, impecable, se pone el gorrito y empieza por el relleno. En la radio las noticias, el clima, esa mezcla de datos matutinos que a Ofelia la pone de mal humor, porque le anuncia un comienzo, y ella odia que las cosas comiencen, el recuerdo del inicio, de lo inaugural la tortura. Pero más la atormenta el buen humor de Mariano, su alegría al verla cada día, su insistencia, su cercanía. Nunca la invitó a salir, pero ella sabe que el día va a llegar. En el fondo está decepcionada de que ese día aún no haya llegado, así no tiene que pensar más en que eso va a suceder, así no tiene que esperar. Hace tanto que tiene planeada la respuesta, el discurso que va a utilizar, que tiene ganas de decírselo de una vez así no pierde más tiempo. El teléfono sigue sonando sin parar, y Natalia tiene las manos ocupadas como para atender. Atiende ella, a desgano, resoplando. Lilian le encarga tres docenas para la noche, cumple años Julito y van todos los amigos de la facultad. Ofelia es zurda, y Mariano la observa cada vez que escribe, se detiene siempre en ese placer, disfruta la posición torcida de la libretita, y las retorsiones corporales de Ofelia al escribir. Ofelia levanta la vista y lo mira mirándola, frunce el ceño, Mariano ríe, y sigue en lo suyo. Los zurdos son tan torcidos, piensa Mariano, se empecinan contra la naturaleza. Y Ofelia se empecina, aún no ha descubierto contra qué o quien, pero se empecina. El cabello castaño le cae sobre los ojos, y siempre los aparta con el mismo gesto, la mano izquierda atraviesa el rostro y corre el mechón derecho detrás de la oreja.